A la hora de la mentira, me dicen rey.
A la hora de la verdad, soy el esclavo.
Me clavas tu brazo en mi hombro, como el tridente del diablo.
Y me obligas a permanecer callado.
Sólo me queda mi música para hablar.
Y los amigos verdaderos, los que apoyan a la verdad.
Sentirse un títere, manejado por la que está detrás del telón,
consiguiendo que no seas tú, sino yo, el que hace de bufón.
Leer la sentencia
de ese que se dice mi amigo
que, cuando lo necesito, se ha ido,
como mujer inocente lapidada, como toro en burladero acorralado,
como cacería de ciervos despiadada, como a mi Cristo, me dejaron despojado.
Con la cabeza muy alta puedo mirar a la gente,
porque, al final, aunque no lo creáis, somos todos diferentes.
Manuel Lamprea Ramírez